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De hadas y princesas: COVID-19 y el sueño errediano (II).

Había una vez un país cuyo tejido social estaba dividido -a grandes rasgos- en tres clases: los dueños del gran capital, la clase alta, que vivían en una especie de burbuja, alejados de los males, la inseguridad y las carencias que cotidianamente afectan a los ciudadanos de a pies; de otro lado, una clase media profesional, que vivía en un espejismo, gracias a la gratificación instantánea sustentada en el inmenso y perpetuo endeudamiento de cada uno de sus integrantes; y por último una clase baja, desposeída casi de todo, menos de su candidez y de su capacidad para creer recurrentemente en promesas huecas de políticos clientelistas e inescrupulosos. Por la calidad de su educación, los integrantes de esta última clase solían ver frustrados sus sueños de movilidad social, y quedaban condenados a trabajos de subsistencia.
En ese país había un pseudo Estado, cuasi fallido, cuyos funcionarios estaban más interesados en percepciones y encuestas que en enfrentar los problemas nacionales. Su capital político no era ya un activo, sino un fin en sí mismo. Cada uno de los actos de gobierno estaba orientado a incrementar el capital político, y no a enfrentar las raíces de algún problema concreto.
En ese país de cuentos, la clase alta y la clase media se sentían seguras. La primera por disponer de los recursos suficientes para irse a Nueva York -o a París u otro destino “seguro”- en caso de que colapsara el proyecto nacional. La segunda, por no atinar a percatarse -sus miembros- de que “su casa”, “su carro” y otros bienes en realidad no son “suyos”, sino de la entidad bancaria que tenga inscritas garantías reales sobre éstos, y que se los ejecutaría en caso de fallar en alguna de las cuotas mensuales y consecutivas que -hasta por 30 años, en los casos de préstamos para la vivienda- han tomado sus integrantes, guiados por el mencionado espejismo. La clase baja resiste y resiste, anestesiada con las migajas que les ofrece irresponsablemente el gobierno de turno, sabiendo que -si se pasa la anestesia- tarde o temprano podrían caer en un estallido social.
COVID-19 ha apagado de golpe la música, removiendo la tramoya y el telón de fondo, desnudando la alucinante puesta en escena que teníamos, poniendo de manifiesto que esta “gran producción” no era más que un cuento, una mentira, una ilusión que todos quisimos creer. Las “hadas” ya no “hacen magia” y las “princesas” parecen brujas.
La clase alta descubre ahora que no hay safe heaven donde refugiarse. La residencia o el pasaporte norteamericano (a) -o europeo (a), mayormente de España- no son ya tan infalibles, cuando en esos países los contagios y las muertes por COVID-19 son mayores que los reportados en nuestro territorio, aunque no dudo de nuestra capacidad de competir “honrosamente” aportando nuestra cuota a las estadísticas de la parca. Todos somos vulnerables en este planeta. Por ello, más vale que las cosas marchen bien en nuestra propia tierra.
La clase media descubre ahora que le han cambiado espejitos por oro. Ellos no tienen ni la solvencia ni el pulmón financiero de la clase alta, pero tampoco el Estado ha hecho nada por salvar su estilo de vida (¿podría acaso hacer mucho?), pues sus miembros raras veces califican para los subsidios sociales. Muchos de ellos son profesionales liberales, que no han sido objeto de alguna ayuda gubernamental, pues ésta -la ayuda social- solo ha estado dirigida a los trabajadores formales y a las familias por debajo de la línea de la pobreza.
Hablando de profesionales liberales, que son gran parte de la clase media, los médicos tienen desde que se declaró la cuarentena sin poder ver pacientes en su consulta privada, pues los servicios médicos están reservados -salvo las emergencias- para atender a los afectados por la pandemia. Los abogados tienen los tribunales y casi todo el Poder Judicial cerrados, los odontólogos -por la necesidad de distanciamiento social- no pueden tampoco trabajar. Y así todo el espectro de las profesiones liberales.
De su lado, en la clase media, los que cuentan con un empleo dependen de la suerte de que la empresa donde laboran, haya habido o  no suspensión de trabajadores, pues los subsidios sociales no representan nada para el nivel de vida de esa clase media.
Había un país en que el Estado -ante las medidas de distanciamiento social para evitar contagios del COVID-19- exhortó a las empresas a no suspender los contratos de trabajo de su fuerza laboral y a dar vacaciones, a pesar de que -a la mayoría de las empresas- les pidió no operar a causa de las medidas de distanciamiento social, y sin reparar en el hecho de que el propio Estado, a esas mismas empresas, las presume legalmente insolventes, al extremo de que, para poder suspender una sentencia condenatoria apelada en materia laboral, les exige depositar previamente el doble de la condena en un banco.
Recientemente, la Organización Internacional del Trabajo advirtió sobre la pérdida de 195 millones de empleos, sólo en los próximos 3 meses. Iluso quien piense que el salvaje capital estará dispuesto a incurrir en “sacrificios” para salvar puestos de trabajo. Simplemente, “las hadas” que hacían la magia para que nuestra clase media se sintiera como “princesa” han desaparecido.
En este caldo de cultivo lo único que puede prosperar es la criminalidad y el caos.
Los empresarios deben ser los líderes de este proceso, entendiendo que el pleito hay que echarlo aquí, que este es el único país en que ningún dominicano es un intruso, aprovechando la crisis como oportunidad para demostrar su compromiso con el presente y el futuro de nuestra nación. Si no es para eso, para qué sirve el capital y el prestigio que tienen.

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